Titulares III

No me acostumbro al tacto de otros folios.
El otro día me asusté viéndome desnuda escuchando cómo susurraban “qué bien te quitas la ropa, qué maravilla”.
¿Me ven el cuerpo? ¿Acaso nos ven el cuerpo?
Ahora ve y diles que visto con harapos. Que soy una impostora y sé poco de técnica.
No creo que lo hagas de ese modo.
He visto en tus ojos partículas de polvo suspendidas que no sirven para nada.
Ahí quedan, desapercibidas, ahí quedan.
Salen cuando habita la otredad o el aburrimiento.
Cuando amanece, con luz, una onda de fractales.
Ya lo dijeron: somos polvo.
Supongo que ahí nos veremos. O en el regreso a los cuerpos.
He visto que se te da bien eso de encontrar butrones.
Supongo que será por la resonancia; vas palpando en los pulmones y conoces con precisión cómo suena el vacío en caja torácica.
De modo que golpeas con el puño y, de nuevo, polvo.

Titulares II

Escribir en las paredes de aquella habitación de metros por metros.
Escribimos muchos.
Escribimos tantos gritos que aquello fue un desahucio incomprensible.
¿Acaso el banco te echa de tu casa si pagas la hipoteca? Gritar ¡dación en pago!
En la brevedad no hay ecuaciones.
He visto a gente alegre habiendo pisado inocencia.
Qué más da si puede borrarse porque todo es más simple, me dices.
La sencillez no se escribe.
Hablamos de conceptos complejos y me calma tu soniquete pero a veces no entiendo.
Me digo que no estoy hecha de minas de 0,5 en portaminas.
No pueden escribirnos a golpe de corcheas.
He visto mi sangre líquida como la del resto.
Los pájaros tienen plumas.
No somos pájaros aunque volemos seis meses seguidos durmiendo por el camino.
Aunque levantemos a vencejos con las manos.
Entiendo de formas y proyecciones porque he observado quehaceres mientras al autismo lo llaman enfermedad cuando quieren decir otro código, otro lenguaje.
No creer en los absolutos ni en los menores de edad.
¿Cómo se cuentan las guerras si no es con los ojos? Los titulares no tienen ojos.
Yo no soy periodista.
Quise aprender oficios de esos que se hacen con las manos pero olvido rápido y me consumo lento.
Lo mismo que me tortura me salva.

Hacer

a W

Cuando

Cuando acabe

Cuando acabe de

Cuando acabe de escribir

Cuando acabe de escribir esto

Cuando acabe de escribir esto habré

Cuando acabe de escribir esto habré bajado

Cuando acabe de escribir esto habré bajado por

Cuando acabe de escribir esto habré bajado por esta

Cuando acabe de escribir esto habré bajado por esta escalera

Cuando acabe de escribir esto habré bajado por esta escalera irregular.

[Lo hice]

 

Titulares

Martes y trece.
¿Y si fuera una impostora? Qué más daría.
Me dices: tienes que cortarte el pelo. Hacer inventario.
Imagino que presupones melodías, compases. Justo ahí, detrás de tus pupilas.
No me da tiempo a responder porque habito en la duda; analizar y distanciarse con refranes y así no entrar en bucles.
Tornarse vivaracha y subir a bancos a recitar gritando ¡último en alto!
Al abordaje en singladura.
Imitaciones y saetas y adaptaciones al medio como cualquier bufón dicharachero en la Edad Media.
Risas o cabeza en bandeja plata.
Contemplar desde el margen, en minúsculas. En el margen reposar.
Coger aire como los buitres. Apenas puedas, volar en círculos.
Con el resto. Como el resto. A por los restos. ¿Y la suma, dónde?
Ahí me escribo. Ahí sé cómo están los cuerpos colocados: su solapamiento.
Como los nuestros que pareciera que su moldura fuese dúctil.
Ahí entiendo su caída en vertical, estando inertes, horizontal.
Pudiendo improvisar estar al fondo.
Te pido que entiendas que no me dé tiempo, que tardo en aprender oficios e hice maestría en contención como tantas.
Soy tantas que me sé poliédrica. Tantas a tientas. De rima fácil.
Me he subdividido como el mercurio; ese que salía de los termómetros rotos, se descomponía en pequeñas virutas y una rodaba una por el pasillo cuando éramos muecas.
Sería injusto escribir sola y no hablar en plural cuando nos han tocado la cara. Nos han leído.
Hablar con piedras y llevárselas a casa. Tener un saco de piedras que pintar y arrojar y limar a veces.

Fuera de cobertura

 

“A mí me gustan las personas curvas”

(Jesús Lizano, Las personas curvas)

 

*Te conocí aquel día: biblioteca nocturna.

 

Menuda órbita

hipérbole en bicicleta

luego vinieron circunferencias

parábolas durmiendo juntos

y aquel despertar

El despertar

Extremadura, un secarral y tú diciéndome

“mira, todo eso que ves es mar”.

 

Empezó a encandilarme cómo contabas Las Tres Cruzadas

las mismas bromas –continuamente-

-continuamente- las mismas bromas

el mismo bar en el barrio

[Come y Calla] siempre el mismo bar.

 

Me enteré quién era Máiquez

gracias a tu calle

años más tarde

volver a pasar

insistiéndome: tienes que escribirle un poema.

 

Sé que no te parecerá extraño

porque nunca frunciste

ante lo inesperado de mi nombre.

 

Recordar concierto de Chaouen y tú gritando:

¡toca Sorprendente de Los Leño!

es alegría inusitada.

 

Cómo me gustaba tu rechazo al purismo

-te bailabas todo-

tus no enfados por despertarte

a cualquier hora

con preguntas a bocajarro.

 

Pintarte una H muda

en la calva

robar

aquellos cuadros.

 

Expropiamos paredes de papel

con esa pintada: ¡no a los intelectuales!

-curvas-

-paredes curvas-

[disculpándose con tulipanes]

 

Jugamos tanto que

al final

cobramos paro.

 

Aquella última asignatura de la carrera

resumía mitología clásica

en

una

servilleta.

 

Aún no entiendo cómo

querías ser compañero de Trivial

siendo una

pésima jugadora.

 

Me aguantabas el lagarto, la tortuga anciana

el karaoke a destiempo

Bunbury imitado

-sin mencionar nunca mi dislexia-

 

Pudiste con mi pereza

y ese cuento del punto

-yo hacía como que no-

pero cómo me hipnotizaba

¡cómo!

 

Qué paciencia

cuando esperabas

mi tendencia a hablar con la gente

esa

adicción

delirante.

 

Acuérdate

me inventaste el viento

cuando me emperré en lo de

aquella cometa

a cuarenta grados de cemento.

 

No te asustaste por hacer pan

sino

buscaste recetas, invertiste en hornos

¿Y lo del currículum en la funeraria?

Te reías y mirabas.

 

Cómo no iba a quererte

si de tan

curvo

[elipse]

 

E hiciste como si nada

-tantas veces como si nada-

a los miedos

y háblame de cómo masturbarse con hortalizas.

 

Ahora

tengo que reconocerte

que cuando enmudecí

-de esto no tengo duda-

es cuando dijiste: si me necesitas

a cualquier luna

llama.

 

De pronto

base de datos actualizada

sentenciando

“está apagado o fuera de cobertura en este momento”.

 

Qué pena que lo dejásemos…

apellidos sin signos de puntuación

[si pudiera anunciar algo

serio

como estoy haciendo ahora

solo con el rostro]


a las treinta alanias


si pudiera

golpear nuestros nudillos

y liberarnos del chamizo

de las torres

hibernar juntas en estado latente

te propongo

este invierno

 

si nuestro mirar se tradujese

en trueque

en llovizna

cómic de muerte

cómic sobre muerte

auténtica

y brida

en aquella niña que nos viene

y tú le pones la venda

y vueltas

para ver si nos encuentra

 

si pudiera recordar

cómo justo antes

me dices

cuánta efusividad

en el aplauso

-ahí descendería-

 

te repetiría que esto

es un exorcismo

un crepitar cualquiera

que la paciencia está enraizada

solo en carcajada

aquí soy vómito

tumulto

gritando asistencia

y bajo y hago burlas

torpe

 

[porque me he olvidado de haber nacido]

 

si me lo recordases

que yo pudiera

tejerte frontera –solo una parte-

limpiar melanina –solo una parte-

y tú seguir siendo culebra

en terreno abrupto

pero culebra

mientras -cubierta con brea-

cantas

[como si te hubieran nacido]

 

útero

 

si te lo recordase

que dónde estuviste

que dónde la furia

 

si somos iracundas

aunque piel grafeno

mencionadas con otro nombre

 

y el chamizo hacerlo hoguera

y ver las torres desde abajo

para no vernos

tan diezmadas

 

mucha gente en nuestras torres

ceniza estiércol lo que

le diremos

a esos niños

que procuren

sin doctrina

sin varón

que no se conviertan

 

y cómo se lo diremos

 

juega

la niña juega

además de por el viento

la niña juega

 

seremos ahí

instante

sed resuelta

y hambre en otras bocas

comiendo animales

enséñame a leerlo

y no

tajante no

la piedad para otras bocas

 

si pudieras enseñarme

la complejidad de la bondad

cómo fabricas tu solemnidad

ese ritual

cómo

y yo

te propongo

la ceremonia

de mi entusiasmo

 

veamos la cólera

en cada resquicio

convirtamos en belleza

lo que vale

para ser bello

 

y lo otro

recuérdame indiferencia

ante lo otro

observación núcleo hirviendo

ante lo desapercibido

baile a la obsesión

prudencia a catástrofe

que dudo que viviésemos

 

el qué dirán de lo nuestro

eso ya es resquicio

pomo

[porque ya nacimos con otro peso]

 

lo que queda es angustia

y viento

angustia

y

viento

y dentro la masa

donde planean

donde se encuentran

[error , finitud y el resto]

Carta I

Mi Violet:

He descubierto una carta que te escribí pero no te envié. Ha permanecido en mi bolsillo todo este tiempo cuando tendría que estar descargando sacudidas y estremecimientos en el seno de una doncella de Hertfordshire.

Virginia Woolf a Violet, 6 de mayo de 1904.

 

Estaba leyendo un obituario de hace quince años sobre Carmen Martín Gaite y he tenido que escribirte. Remarca todas las veces que la escritora dijo que no. “Lo dijo con discreción, y hay quien piensa que la discreción está reñida con las boinas de colores, pero no es cierto. La discreción, cuando se practica, pide un esfuerzo de la memoria”.

Me hablabas de las crisis olvidadas, del eterno “queremos cambiar las cosas y no sabemos cómo”. Hay veces que no queremos saber; otras, se nos está prohibido. Pensaba en que el nombre de la autora está escrito con mayúscula como el tuyo o el mío. Esas mayúsculas reflejan los premios que obtuvo, dónde hizo de jurado, los aplausos, los elogios y los compromisos. En las minúsculas, por el contrario, están los noes. El no querer participar de ciertos círculos, los favores que no pidió, qué certámenes amañados no ganó, qué no comió ni bebió, qué ofertas de medios rechazó y a qué juegos no entró. Los noes hacen ruido; los noes con saliva de justicia. Hay otros silenciosos que se levantan cada mañana y no dicen a qué hora se levantaron -si es que lo hicieron-. No dicen lo que cocinarán a no ser que esto les genere entusiasmo o se remanguen la rabia para preparar platos de cuchara en los inviernos. Todo ello en el caso de que cocinar o despertar fueran acciones imprescindibles. Esos noes que no hacen ruido, sino estruendo que vibra y destruye lo establecido. Esos noes que los escupen personas que, a su vez, llevan puesto de todo y no necesitan escaparate. De modo que como estos no se ven pareciera que un país no está sujeto. Pero están ahí; se hacen a fuego lento o a sartenazos y, además, sostienen. Hay muchas formas de decirlos ya que se alejan de lo maniqueo. ¿Y si, por ejemplo, detrás del sí al tratado de libre comercio no hay ningún no? Sucede que de vez en cuando se nos olvidan las minúsculas y escribimos todo en mayúsculas por si acaso. Las direcciones, los nombres que de tanta importancia necesitan siglas, las etiquetas de los frascos, etc. ¿A ti no te pasa?

¿Te acuerdas de aquel libro del que hablamos sobre la revolución cubana? Ahí también se escribían cartas. Laura Bahía, en palabras de Belén Gopegui, escribía en uno de sus mensajes al director: “Esa literatura que aclama el sufrimiento como lo que es capaz de conferir a la vida el interés, el fin, el incremento, me recuerda a quienes en la venta creciente de  agua embotellada no ven la prueba de un fracaso sino territorios nuevos para el negocio y para el sentido del gusto. Se produce por omisión a veces el sufrimiento y otras veces por algo que llaman el mal. Pero el mal es un organigrama inteligible y no, como se empeñan en decir, el último resto de no sabemos qué sustancia inmaterial, inconsútil, que vuela y se posa. ¿Por qué se empeñan en decirlo? Seguramente sea la ley, la ley del interés humano, una ley económica como otra cualquiera que algunos han formulado de un modo más sencillo: el que paga al gaitero, pide la canción”.

La protagonista se cuestiona acerca de los buenos sentimientos. Pone como ejemplo a la dama y el caballero que mandaban dinero a África porque quienes pueblan ese continente necesitan nuestro cuidado -sin pensar en que pudiera haber un camino más recto y racional para que eso no ocurriera-. No es caridad; Laura no se refería a los buenos sentimientos, sino a los sentimientos buenos. Al bien común. Al saber que esos males podrían erradicarse si eso fuera un objetivo. Tampoco se refería a ensoñación sino a cifras que señalan los estudios de los estudios en el que solo un pequeño porcentaje de la miseria humana quedaría en manos del margen de error, los desastres naturales o el azar. Pero esto genera estupor y desgana.

¿Cómo aguantar presiones y contradicciones? ¿Cómo no escapar? Bien es sabido que la pureza no existe. Pero esto habla no de la Historia con mayúscula, sino de la contienda, acción y prudencia de esas gentes. El reconocerse en el error e incertidumbre. Los vaivenes, la escucha y lo que te atraviesa. ¿A quién has oído mejor hablar de cómo hacer zapatos sino a un zapatero? La clase atraviesa. La etnia. La identidad de género. La religión. La opción sexual. Lo personal se vierte político y las identidades poliédricas conforme a nuestro imaginario social y a todas las que hacen ese bien común. Esas individualidades colectivas.  No una solución única, sino un cabalgar frente a lo impuesto. No una cuestión de culpas, sino de aprendizaje colectivo. Imaginar frente a lo mezquino. El apoyo mutuo. Los cuidados. Tomar conciencia y parte. Renunciar a privilegios. Te hablo de la lucha. Te hablo de lo que se procura. No sé, amiga. A mí eso me hace seguir a veces, a tientas. Hay días en que detesto pertenecer a este entramado y otros en los que busco el lado frío de la almohada (como se titula el libro) sin querer ver a nadie. Dime, ¿quién no lo busca en noches de angustia?.

Tú tienes un sí en muchos de tus no. Sí de valentía, de resistencia. Los pintas y desdibujas. ¿A que también pintas en horizontal? (así preguntan las niñas y niños que conozco). Me avergüenzo porque no te lo había dicho antes aunque, seguramente, lo hayas notado. Todo eso se escribe con minúsculas y abarca tantas historias como gentes hay dispersas. Están ahí y encierran lo que describo; como tú. Ese tipo de gente aún atraviesa y eso también calma.

Lo real

Levanto sospechas en la oficina porque trabajo con la cabeza en otra parte.
Levanto sospechas entre mis amigos porque desaparezco y callo durante días.
Levanto sospechas ante mi hija porque en vez de hermanos o perros sólo traigo a casa libros.
Sospechas ante mí misma porque mi independencia se resquebraja cuando la tristeza da un golpe de estado.
Por eso me esmero cuando escribo: aquí no quiero que me deseen otra.

(Ana Pérez Cañamares, Sospechosa)

 

 
Imagina que vienes a buscarme al colegio con ese bigote negro adhesivo de quitar y poner. -Y llegas a la puerta con él puesto-. Imagina que, además del bigote, te cubre ese vestido azul de conchas. Y vas y me dices que da igual tener bigote o llevarlo puesto. Que da lo mismo enfundarse un vestido. Que lo importante es que yo lo elija.